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Maggie, mi adorada Maggie, mi radiante y poderosa amiga

Recuerdo dónde fue, cómo fue y qué llevaba puesto el día en que conocí a Maggie Solá por primera vez. Me había anotado para ayudar a velar exámenes finales en el Departamento. Nunca, ni antes ni después nadie mostró tanto interés, tanta delicadeza y tanto respeto en relacionarse conmigo como persona y estudiante. Esa interacción fue el principio de un sendero luminoso por el que Maggie me encaminó.


Recuerdo mi primer curso con ella: literatura puertorriqueña, un curso panorámico en el que me mostraría no solo la lista de escritores y escritoras con quienes debía relacionarme sino un cuidadoso y articuladísimo contexto histórico, social, cultural y económico en donde situar esas personas y textos. En su salón aprendí la historia de Puerto Rico porque a quienes debían enseñármela, la tarea les quedaba súper grande. Tuve noticias por primera vez del concepto de la “gran familia puertorriqueña” y todos los días durante ese año salía con la sensación de que me habían tenido en un bunker sin contacto con nada y por fin había podido salir. Era una nena de clase media formada en un colegio católico de monjas españolas, cubanas y puertorriqueñas en donde -mucho más tarde me di cuenta- nos relacionaban sutilmente con valores franquistas. Venía de una familia paterna, popular de toda la vida y de una madre muñocista por convicción directa de los discursos del Vate que escuchaba por la radio. Así es que su clase me puso en una arena de conflicto crítico que jamás dejaré de apreciar.


Para el segundo semestre yo misma la busqué. Recuerdo algunas caras de estudiantes de Depto. desaconsejándome porque era “aburrida”. Su aseveración se cimentaba precisamente en lo que me cautivó y me envolvió en su mundo de luz: esa profesora “divagaba” mucho, me decían.


Decía que me envolvía en su mundo de luz, porque para mí con ese trasfondo que les he comentado, era como entrar a otra dimensión. Era llenarme con la luz de su conocimiento.  Cuando Maggie nos anunciaba con su particular entonación que empezaba la fiesta de la divagación, ahí estaba yo, muy cerquita de ella con bolígrafo en mano y concentración en high porque empezarían a caer los nombres, los títulos, los conceptos que debía apuntar como encomienda especial para comprar, buscar, leer. Así fue cómo Nilita Vientós Gastón, Arcadio Díaz Quiñones y René Marqués dejaron de ser escritores para convertirse en conocidos, casi en amigos imaginarios. Así fue como leí “La necesidad del arte” y mil cosas más. Esas divagaciones eran la parte que más me conectaba a ella, luego supe por qué.


En mi Departamento había dioses falsos, falsos eruditos traídos desde el extranjero con aura de unción. Aunque entendía por el producto de sus clases que algo no cuadraba, la verdad era que les daba el beneficio de la duda porque se movían con lo que entendía yo que era soltura, en el mundo de los catálogos de nombres y autores. Maggie era diferente, era una puertorriqueña como yo, que si bien había estudiado en Harvard tenía un doctorado de la IUPI. Asistía todos los días a su proceso de crecimiento y solidificación intelectual, porque lo compartía con nosotras. Sabía que, con mucho esfuerzo, siguiendo sus métodos, estudiando siempre y sin parar, podría si no ser cómo ella, entender cómo se lograba eso que era ella. Hasta el día de hoy he seguido sus lecciones muy de cerca. Eso me ha permitido disfrutar de lo que hago, sea mucho, sea poco, porque obedece al compromiso que desde su cátedra me reveló.


Mi maestría fue una especialización en Maggie. Todos los cursos que daba los cogía y mi más fiel amor se lo demostré cuando se le ocurrió solicitar un seminario graduado para el verano. Para mí los veranos eran sagrados para la playa. Estar cogiendo calor en un salón de Generales no era mi idea del verano.  Pero ¿cómo decirle a mi querida profesora que no??? Era un seminario de Romanticismo y Modernismo Puertorriqueños. Ahí volví a encontrarme con Canales. Cuando nadie hablaba de congresos o simposios con estudiantes graduados, nos armó un simposio en torno de la obra de Canales. No recuerdo lo que hice, pero sí recuerdo que salimos hasta en el periódico. Se las ingenió para que incluyeran la descripción de la actividad, los resúmenes de nuestras charlas y que nos dieran trato social de incipientes académicas.


No todo era estudio. Ella y Alberto también armaban excursiones emblemáticas y con ellos fuimos a algunos lugares igualmente desconocidos para mí de nuestra Isla. La que más recuerdo fue la visita a lo que había sido una finca de Hostos. Dos cosas no olvido de esos viajes: que el aprendizaje no se interrumpía porque lo mismo, frente a un río frío y hermoso, nos inculcaba buenos comportamientos feministas que jamás había pensado, que me enseñaba conceptos de justicia laboral que hasta el día de hoy practico porque tengo personas que empleo. Maggie me alertó sobre la diferencia entre la caridad y la justicia. Y en esos paseos también nos alimentaba con todas las maravillas que salían de sus manos. Porque era una excelente cocinera.


Según fui repitiendo las salidas en esas excursiones como que la dinámica se fue sellando. Era obvio que a Elsa y a mí nos tocaría una distinción diferente. A mí por el cariño que me tendió y a Elsa porque se le parecía mucho, era activista, feminista desde chiquita, inteligente y sensata.


Mi vida con esta querida mujer se fue convirtiendo en otra cosa, por obra de su sensibilidad empezamos a hacernos amigas. Ya iba a su casa como amiga, hacía mil esfuerzos para que la tuteara, ya no solo hablábamos de lo académico, sino que iba entrando a otras regiones de su vida y ella a la mía.


Por eso, supo perdonarme cuando un día me le metí en su salón para decirle que no trabajaría con Canales para mi tesis de maestría, que me iría a la orilla de Dr. Álvarez a trabajar con el cuento folclórico. Eso implicaba que no sería mi directora de tesis y que en su lugar sería mi igualmente querido Dr. Manuel Álvarez Nazario. Amorosamente, aceptó no solo no serlo, sino pasar a ser lectora de mi nuevo comité. Con la misma dulzura y compromiso que aceptó ser mi directora de Disertación sin el reconocimiento ni la paga que se llevaron los profesores de Tulane. Para esa época, Maggie no solo seguía siendo mi maestra, sino que era la amorosa “abuela” de mi hijo Raúl, la encargada de suplirlo de libros en todas las temporadas, de enorgullecerse por cómo iba creciendo. No podía ser menos, nuestro hijo iba conmigo a las incontables visitas que le hacía a su oficina, iba conmigo a ponencias y hasta imitaba a Juan José Arrom. Así es que, para siempre, esta dulce cagüeña era de mi familia.


Eso se dio frente a la desconfianza de mi mamá quien vivía aterrorizada cada vez que me sabía en casa de la doctora Solá. Temblaba de saber mi carrito en ese lugar donde los guardias anotaban tablillas y daban vueltas descaradas una y otra vez, bajando el paso frente a la reja de su marquesina. Entre ella y Piri Fernández me abrieron los ojos al mundo puertorriqueño donde había carpetas, persecución, pero también compromiso, coraje, ideales y mucha lucidez frente a lo que se vivía y había que hacer. Pero eso también el cariño de Maggie supo derrumbarlo, mi mamá no pudo menos que ceder ante lo que entendió que era un amor inquebrantable que se manifestaba en una generosa y leal amistad.


Recuerdo la etapa de colegas. Tanto Aura Román como ella se echaron encima la titánica tarea de integrarnos a Elsa y a mí al Departamento. No por amiguismo como naturalmente se debe haber visto, sino porque ambas pusieron su confianza en nosotras. Con orgullo digo, que ninguna de las dos le fallamos. Elsa siguió su trabajo con el feminismo y yo con la prepería. Y pudimos hacerlo porque tanto ella como Aura nos defendieron como lobas de toda la mezquindad, hipocresía y maquinaciones que casi, casi lograron arrebatarnos la permanencia y que hicieron todos y cada uno de nuestros ascensos un combate feroz que nos mantenía escribiendo cartas, refutando mentiras, evidenciando trampas con los números tan decisivos para las otorgaciones de cada acción de personal y hasta cargando mantras legales en nuestros bolsillos, escritos por Alberto, por si nos hacían un rancho en alguna visita de evaluación sin avisar. Por lo surreal del proceso, que todas pudimos sobrellevar gracias a Dios y al cariño y al humor, Maggie nos prometió a Elsa y a mí que bailaría un jarabe tapatío cuando salieran esas certificaciones de nuestras permanencias. Y traje la foto, como evidencia. Nos cumplió y lo bailó hasta con sarape y mirar ahora, después de tanto tiempo las caritas asombradas de nuestros hijos chiquitos: Selma de Elsa y Raulín mío, me traslada inevitablemente a ese festejo en la casa de San Germán. Fuimos tan felices en medio de tanto agravio. Ninguno de ellos supo lo fuertes y poderosas que nos hicieron, lo entrañable del amor que nos unió y que nos hizo poco menos que invencibles. Creo que Johanna Emmanuelli, a quien ciertamente le tocó la peor parte de ese círculo infernal, lo atestigua con nosotras.


Decía que Maguita nos mostraba con generosidad sus procesos de crecimiento y aprendizaje. Este es uno de mis ejemplos. Por corto tiempo fue Lectora principal en College Board y por bastante, lectora y redactora en la institución. Recuerdo cómo, siendo la Coordinadora de Básico, nos juntaba para enseñarnos el concepto de las lecturas comunes (leer, opinar y votar para, en consenso, dar una valoración al escrito) y para enseñarnos cómo integrar y construir las técnicas de redacción de los exámenes estandarizados. Con ella, Elsa y yo aprendimos que no es cierto eso de que en clases de lengua todos los exámenes deban ser de escritura. Todos esos matices, nuestra adorada mentora nos los traspasó a partir de sus investigaciones y visitas a laboratorios de Redacción fuera de la Isla.  Nos inició a quienes la seguimos, en la corriente de la redacción como proceso, que más tarde, cuando ya ella no estaba en el Recinto cristalizó en el compromiso con la lectura, la escritura en las disciplinas y la literacidad. Es decir, todo lo que ha sido la lucha por darle otro rostro al español básico y a varias de las clases de nuestro Departamento, sin duda alguna han tenido su génesis en las enseñanzas de María Solá. Es, algo como la red de Indra, un lattice donde brilla como luz esplendorosa la erudición y el compromiso de Maggie y como luces pequeñitas el trabajo de Elsa, mío, Carmen Rivera Villegas y Vibeke L Betances Lacourt. Por todo lo que significó Maggie en la vida del Departamento, por todo lo que aportó desde la lucha sindical, por el amor entrañable a nuestra Universidad celebramos con euforia y sentido de logro colectivo, el Emérito que esta Universidad le concedió. La dejamos ir del Departamento y de nuestras vidas universitarias con tristeza, pero nos llegó la tranquilidad de haber logrado justicia para ella y su obra.


Esta no es la presentación académica que mi Maggie hubiera esperado, la conocí bien. Pero sé que me habría perdonado ese desliz porque siempre, siempre, sentí que me añoñaba. Si no me gustaban los chayotes, pero en la maravillosa ensalada que hacía sí que me los comía, la veía entrar por la puerta con un envase de cristal rebosante de ensalada para mí. Apalabraba a su fiel doña Carmen para que nos hiciera los sancochos más espectaculares que me he comido en mi vida. De pronto dejaba los libros y se ponía a coleccionar guineos bien maduros para hacernos pan de guineo y de chocolate. Y lo que más orgullo le proporcionaba, un arroz relleno tan perfecto como sus escritos sobre Julia. Por eso, se lo dije a Pimbi cuando me invitó, esa condición te pongo. Y aprovecho para agradecer tanto a Pimbi como a Ada este inmerecido espacio que me concedieron hoy. Para mí este no es el momento de recordar a la Maggie académica, eso lo harán muy bien hoy y lo seguirán haciendo. Mi recuerdo de ella, mi tristeza indescriptible por su ausencia, mi lamento casi hecho culpa, por no haberla ido a abrazar a tiempo a California antes de abandonarnos, solo puede comunicarse recordando a mi maestra, mi mentora, mi amiga, esa cagüeña que me regaló un cariño y una ternura que nadie más me dio en este ambiente profesional. Aunque me recrimino por no haber llegado a tiempo, doy gracias a Dios porque a la misma vez me permitió dejar intacta la imagen de la Maggie que siempre adoré. Eso es, también lo que me ha permitido saber que en estos momentos la Maggie radiante que siempre iluminó de diversas maneras mi camino en la universidad y la vida, es la misma que vive y vivirá no solo en mi recuerdo y el de mi familia, sino que disfruta de una nueva resurrección, como rosa, como ola de mar, como ángel que me acompaña o quien sabe si hasta como amiga de mi mamá, a quien trata de explicarle todavía cómo no era nada malo que me apuntaran la tablilla de mi carro, cuando la visitaba en Riverside, porque siempre, siempre, estuve segura en la ternura de su amor.


Mañana 22 de febrero se cumplen tres años de su fallecimiento. Este escrito lo leí en el Acto de recordación que le hicieron sus hermanas Ada y Silvia en nuestro querido Colegio, durante el mes de marzo de 2023.

 

 

 

 
 
 

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