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Ahora le toca a usted contarla: la historia de la historia

Actualizado: 21 feb


En la segunda edición de mi libro De arañas, conejos y tortugas. Presencia de África en el cuento folclórico puertorriqueño[i] me di a la tarea de enjuiciar críticamente la investigación que hice entre 1979-1980 y que dio como resultado la recopilación de cuentos afrofolclóricos en Ponce, Salinas, Guayama, Arroyo y Loíza. Naturalmente no repetiré aquí lo que puede leerse allí. Sin embargo, quiero retomar la idea principal que puede resumir ese ejercicio y sus conclusiones. La idea es tan simple como categórica. Hice una recolección de cuentos para la cual, en aquellos años de juventud universitaria, no estaba preparada ni en metodología, ni en lecturas, mucho menos en experiencia. Pero a eso añado que he cargado mi culpa con saco y cenizas en la cabeza.  Y, en mucha medida para desfacer en algo el entuerto, he dedicado mi vida a estudiar y ponerle un marco mejor a esos materiales. Ha sido también mi tributo a las personas que nos recibieron[ii] en sus casas, esas personas que nos permitieron ser interrumpidas en rutinas y quehaceres y que, sin saberlo, me convirtieron en narradora, narradora de mi propia historia, afirmación que adjudicaré más adelante en este escrito.


Fui invitada por Lusiann Iturbe Ortiz a ser parte de su proyecto Tiempo de contar para ofrecer dos seminarios sobre el cuento afropuertorriqueño. Un proyecto que surge de su adiestramiento y experiencia como parte de la propuesta Contamos y creamos, de Tere Marichal, que la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades financió. La actividad de Iturbe Ortiz fue acogida como parte de la iniciativa Tiznando el país. Aunque llevo mucho tiempo contando mi investigación, reconozco que cada experiencia al contarla es única, como único es su público.


Y cada encuentro se suma al largo proceso de enriquecimiento intelectual que ha sido mantenerme estudiando estos materiales durante toda una vida. Estos dos seminarios, llevados a cabo en la Fundación Luis Muñoz Marín, se suman de manera ejemplar y por eso he querido escribir sobre ellos.


Cada mañana se convocó una audiencia distinta. Me preparaba para “público universitario”, uno y para “personal afín a los museos y gestores culturales” No tengo la certeza de cómo se cristalizó esa demografía, porque durante los días antes supe que se había anunciado en las redes lo que probablemente atraería, como atrajo, a otras personas interesadas en el tema.


Dado el intenso trabajo y las diversas iniciativas que se han dado en Puerto Rico a partir de la celebración del Decenio Internacional para los Afrodescendientes (2015-2024), siempre celebré conmigo misma mis materiales, como un monólogo muy mío dentro de esa conversación.


Es en ese contexto en el que comencé mi presentación de aquellas dos mañanas con una pantalla que decía “Escuchemos también el cuento folclórico afropuertorriqueño” y que añadí otra que se titulaba “Coordenadas para escucharlo y respetarlo.” En mi libro explico bastante pormenorizadamente a qué se refieren esas coordenadas, aunque allí me refiero a las piezas de una maqueta que propuse como modelo de lo que fue el arte de contar esos cuentos en nuestro país.  De igual manera que mi autocrítica, esta discusión sobre la estética de contar está en el libro por lo que no voy a repetirla aquí.


Para este escrito, lo importante es el “también” que dio pie a la primera parte de mi charla y lo que pasó para mi enriquecimiento allí. Cuando hablo de que hay que escuchar también el cuento folclórico me refiero, para decirlo muy sucintamente, a lo que fue mi experiencia durante más de la mitad de mi vida luego que sale esa investigación en 1995[iii]


Conté y he contado, en otros lugares, que todo mi trabajo, luego del trabajo de campo en los pueblos, se dio en la esquina oeste del país, específicamente desde una universidad que se preciaba y se precia de ser tecnológica. Eso, de plano, me dejaba sin interlocutores. Así es que era doble el problema como se verá. En este país, TODO ocurre en San Juan, y aunque veo algunas instituciones empezando a enmendar eso, la verdad es que los de la Isla siempre quedamos como en imágenes difusas. En mucha medida, eso y el hecho de que el término folclórico hace bastante que convoca entornamiento de ojos y taquicardia en la Academia, hizo posible un silenciamiento bastante pronunciado y extendido en torno de los materiales con los que trabajaba y trabajo. La otra cara de la moneda de esa experiencia es que hubo algunas pocas personas que siempre apostaron por los resultados de esa investigación. Puedo mencionarlos por nombre y apellido y lo hice en los seminarios.


Sin embargo, he tenido el privilegio de ver cómo a lo largo de estos años se ha ido construyendo una dinámica muy particular entre los diversos públicos que me han escuchado y que ha tenido un momento iluminador y espiritual en estos dos más recientes seminarios.


Toma mucho tiempo explicar en qué consistía la estética de contar estos cuentos. Y es precisamente por lo que hablo de coordenadas para escucharlo y RESPETARLO. Con cada narradora y narrador que particularizo tuvimos una experiencia diferente. La lección más importante en cuanto al papel del público en esta tradición de contar nos la dio Ovidio Feliciano, en quien me enfoco en mi próximo libro.  De don Filío aprendí que no hay narración sin público y que el público, como dice Isidore Okpewho, es quien da fe de que ha habido un acto de narración (“puts the performance on record.” 57). Una participante de nombre Noemí Segarra, igual que hace mucho tiempo me lo hizo notar la escritora Wanda de Jesús, se me acercó y visiblemente emocionada me dijo con gran ternura algo así como: “es que esa historia[iv] es la otra historia de la historia y le toca a usted contarla.”

En casa de Aurora Texidor recibimos el calor y la protección espiritual que necesitábamos para nuestro proyecto. Otro participante -José Ángel Iturbe Acosta- mientras yo les describía la sala de Aurora Texidor y su altar espiritual, así como su práctica de rociarnos a nosotras y al carro con su spray de Caridad del Cobre power,-  con la mirada más cariñosa [v] me explicó con cuidado y unción algo parecido a: “Es que doña Aurora no solo les abrió la puerta de su casa, sino la ventana a su espíritu. Les vio que eran limpias y entendió que podía hacerlo.”


Y el primer día dos jóvenes estudiantes, con quienes no tuve la oportunidad de hablar al final, me envolvieron en una caricia inesperada en medio de mis mea culpa de no ser el público que don Filío necesitaba, de no haber grabado lo necesario por estar buscando solo textos de animales. Peor aún, de haberle negado a don Filío el placer que Gordon Innes dibuja en la tradición de contar cuentos entre los mendés de Sierra Leona, que radica en que el narrador confirme que su público conoce los cuentos que va a contar y que el público a su vez reconozca los estribillos que el narrador les proponga. Ambas, una completando el pensamiento de la otra, con mirada fresca y directa; con su juventud, me dieron su absolución. Con la ternura que el Maestro usaba en sus encuentros, esas jóvenes me hacían mirar la otra cara de la historia, me mostraban la luz de mi trabajo.[vi]  Me explicaban que no importa que no estuviera lista en aquel momento, mi vida toda ha sido trabajar para estar a la altura. Mi proceso ha sido mi crecimiento. Me dijeron más todavía, algo así como, “tan a la altura estaba que le ha dedicado la vida toda a desentrañar lo que experimentó.”


Aunque mis experiencias hablando sobre este tema generalmente son muy enriquecedoras, emocionantes y afirmativas, llevar mi investigación al proyecto Tiznando el país me dio nervios y estrés. Una vez más no iba preparada para el manantial de energía que recibí esos dos días. El primer día por la atención esmerada y las reacciones espontáneas del estudiantado que me escuchó; el segundo día porque la dinámica se fue tornando en una experiencia afectiva casi espiritual que rebasó mis expectativas. El público en su inmensa mayoría, reaccionó no solo con mucha emoción, sino que aceptó mi llamado de escuchar “TAMBIÉN” el cuento folclórico afropuertorriqueño. Lo sé porque Gloriann Sacha Antonetty Lebrón articuló lo que era evidente que se respiraba en el salón: el reconocimiento de una responsabilidad vislumbrada entre las historias que escucharon. Hay que conocer esta tradición también, hay que aprenderla, insertarla y traspasarla como parte de la variedad de iniciativas en las que muchas de ellas están involucradas.


“Abrazamos nuestra afrodescendencia” era el lema /compromiso de la introducción de Iturbe Ortiz a los objetivos de su propuesta para la concurrencia. Los cuentos que ella contó, los cuentos de mis experiencias con los narradores y las narradoras son el legado que se abraza. La absolución de las jóvenes, las reacciones de Noemí y José Ángel, así como los comentarios de todas las personas que tomaron parte en las conversaciones y aun de quienes, sin hablar, me enviaban sus mensajes con sus miradas y lenguaje corporal, llenaron ese salón de energía para mí. [vii] Energía que algunas mujeres materializaron a través de abrazos de puro agradecimiento y emoción. Me cubrieron de cariño, en un homenaje que sé que no era para mí, sino para y en “ausencia” de don Filío, doña Aurora y doña Petra. Allí y todavía, vuelvo a pensar que se me sigue preparando para estar a la altura. Ambos públicos me han ayudado a poner a los pies de las narradoras, otro homenaje, otra afirmación de respeto y devoción a sus funciones de guardianas de la tradición. Estos públicos me permitieron a mí, como narradora de mi historia, el disfrute que le negué, por ignorancia a don Filío: dar fe de lo que ocurrió. Estos públicos cumplieron conmigo y a través mío espero que con don Filío, doña Aurora, doña Sixta y todas las demás, la regla inviolable de esta tradición: sin público no hay historias.

Tengo un amigo que me ha dicho que en mi sala viven “seres” y que viven muy contentos. Creo que el paisaje humano y natural que disfruté en la Fundación Luis Muñoz Marín me han ayudado a identificarlos.

 

 

 

 

 

 


[i] Publicaciones #folclorpuertorriqueño, Cabo Rojo, 2020.

[ii] La parte de la recolección de cuentos la realicé con Aixa Pérez Sotomayor, quien tenía también tema de tesis que partiría de esa recolección.

[iii] La primera edición la publicó el Centro de Estudios de Puerto Rico y el Caribe, 1995.

[iv] Refiriéndose al cuento de mi viaje por los pueblos y mi encuentro con sus narradores.

[v] Lo que había notado desde el principio, razón por la cual él y su vecina se convirtieron en las caras amables que una busca en su audiencia mientras baja el susto y la tensión.

[vi] He tenido la dicha de encontrar este tipo de realimentación en otras personas. Me han dicho el equivalente a: “Julia Cristina, no te trates tan mal.”

[vii] Naturalmente, este escrito responde a mis emociones, no puedo hablar sobre las de Lusiann, quien también tuvo su propia experiencia performativa.

 
 
 

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